Bienvenido Marzo

 

Marzo (del latín Martius, mes de Marte) es el tercer mes del año en el Calendario Gregoriano y tiene 31 días.

MARZO: del latín “martius”. Otra vez el dios Marte, ya que aparte de ser el dios de la guerra, era también venerado como una divinidad de la vegetación. Por este motivo, como que a finales de marzo empieza la primavera y consecuentemente la vegetación, le fue dedicado este mes.

Es el tercer mes del año en el Calendario Gregoriano y tiene 31 días. Su nombre deriva del dado por los antiguos romanos, Martius en latín, quienes lo tuvieron como primer mes en el calendario romano.

Marzo (en latín “Martius”): Para los antiguos romanos, esencialmente guerreros, este mes consagrado al Dios de la guerra, Marte, era el primero del año. Fue con el Calendario Juliano, cuando se estableció que Enero sería el primer mes del año, cuando Marzo pasó a ser el tercero. Los romanos habían introducido hacia el siglo VII a.C. un calendario en el que el año duraba 304 días divididos en 10 meses.

En este calendario, el año comenzaba en el mes de Marzo. Como la duración del año era muy distinta al tiempo que en realidad tarda la Tierra en dar una vuelta alrededor del Sol, sucedía que las estaciones no se repetían en las mismas fechas de un año para otro. Por eso, también en el siglo VII a.C. se decidió añadir dos meses más, Enero y Febrero, al final de cada año. A partir de esta modificación, el año romano quedó compuesto por doce “meses lunares”, los llamaban así porque la duración de un mes era el tiempo que transcurría entre una luna llena y la siguiente (este periodo es de aproximadamente 29 días y medio) tiempo que ellos calcularon de 30 días. Así los doce meses del primer calendario romano eran: Martius, Aprilis, Maius, Iunius, Quintilis, Sextilis, September, October, November, December, Ianuarius y Februarius

Una historia de primavera:
El rapto de Perséfone

Desde los tiempos más remotos, el hombre, cuando no puede comprender el mundo externo que lo rodea, crea representaciones míticas. Así, la humanidad ha llegado a mitificar desde la salida y la puesta del sol hasta los fenómenos atmosféricos, el crecimiento de las plantas, el nacimiento y la muerte. La primavera es la estación del renacimiento… así lo entendieron la gran mayoría de las religiones antiguas y, a partir de ello, levantaron muchos de sus mitos. En este contexto, la primavera es vista como lo muerto que renace. Una vez más ocurre el milagro: de los arboles deshojados renacen nuevos brotes y, una vez más, hay cosecha, es decir, vida.

Mahoma decía: “No hay gota en los mares, ni fruto en los árboles, ni planta en la tierra que no tenga en cada semilla un ángel que cuide de ella”. La naturaleza está entonces ligada a lo sagrado y protegida por los guardianes de dios para que al hombre no le falte el sustento. Para algunos pueblos eslavos y escandinavos, por ejemplo, los templos consagrados a sus dioses eran bosques, lagos y árboles sagrados, pero todos celebraban festivales que podían durar semanas porque para todos los pueblos la primavera siempre era algo festivo.

     Las diosas Deméter y Perséfone representaban para los pueblos de la antigüedad los poderes de la naturaleza, su transformación y la emergencia cíclica. En la antigua Grecia, el primer día de la primavera era el día en que Perséfone, prisionera bajo tierra durante seis meses, volvía al regazo de Deméter, su madre.

Se trataba de una hermosa joven adorada por su madre que solía acercarse a un campo repleto de flores a jugar. Un día, pasó por allí el terrible Hades con su temible carro tirado por caballos. Se encandiló con Perséfone y la raptó para llevarla al subsuelo, su territorio. Deméter, al no encontrar a su hija y con una antorchas en cada mano, emprendió una peregrinación de nueve días y nueve noches. Al décimo día el Sol, que todo lo ve, se atrevió a confesarle quién se había llevado a su hija. Irritada por la ofensa, Démeter decidió abandonar sus funciones y el Olimpo. Vivió y viajó por la tierra. Esta se quedó desolada y sin ningún fruto ya que, privada de su mano fecunda, se seca y las plantas no crecen. Ante este desastre Zeus se vio obligado a intervenir pero no pudo devolverle la hija a su madre. Es que Perséfone ya había probado el fruto de los infiernos (la granada) y por eso le era imposible abandonar las profundidades y regresar al mundo de los vivos. Sin embargo, se pudo llegar a un acuerdo: una parte del año Perséfone lo pasaría con su esposo y, la otra parte, con su madre.

Lo que este mito indica es que cuando Perséfone regresa con su madre, Démeter muestra su alegría haciendo reverdecer la tierra, con flores y frutos. Por el contrario, cuando la joven desciende al subterráneo, el descontento de su madre se demuestra en la tristeza del otoño y el invierno. Así se renueva anualmente el ciclo de las estaciones y así explicaban los griegos la sucesión de ellas: el otoño y el invierno son tristes y oscuros como el corazón de Deméter al estar separada de su hija. La alegría y la serenidad retornan cuando vuelve con ella, es decir, cuando comienza la primavera.