Parece que se da por sentado que desde la adopción de Constantino del culto cristiano para el imperio supuso la extensión de dicha religión por todo el mundo romano en un periodo de tiempo muy corto, vemos que los romanos dejaron sus cultos «paganos» en un lapso de unas decenas de años y pasaron a ser cristianos (en todas sus variantes doctrinales). Esto parece muy simple, los cultos anteriores permanecieron en las gentes pese a la beligerancia de las curias episcopales, siempre empeñadas en desterrar estas prácticas que ellos definían como supersticiones. No se ha de olvidar que pagano deriva de pagus, campo, alude directamente a los campesinos, y hay que tener en cuenta que la ruralización de la sociedad romana del Bajo Imperio era un hecho. La definitiva implantación del cristianismo en la masa de la población fue un proceso muy lento, comprendido en varios siglos, y solo entendible en cuanto que lo que sucedió fue un sincretismo religioso. Muchas de estas supersticiones herederas de la religión clásica, de cultos orientales y sobre todo de ancestrales creencias prerromanas muy ligadas a las gentes del agro, fueron asumidas por la Iglesia y acopladas a su doctrina. Otras costumbres permanecieron a pesar de la condena y persecución de la Iglesia, quedando como supersticiones y brujerías. Finalmente hay que señalar que el cristianismo oficial, entendido en las diversas ramas del cristianismo, no coincide con el cristianismo popular, el practicado por la base de la población que hasta la Revolución Industrial vivía en el campo muy alejado espacial y mentalmente de las sedes episcopales.














