

En un día como hoy Gian Pietro Caraffa es elegido Papa con el nombre de Pablo IV. A su muerte es recordado como el papa cuya crueldad y hostilidad hacia todo y hacia todos concitó al fin el odio del pueblo romano.
A la muerte de Marcelo II es elegido para sucederle. Sin embargo la oposición a su elección manifestada por el emperador y rey de España Carlos I hizo que, cediendo al odio exacerbado que sentía hacia España que por entonces gobernaba el Reino de Nápoles donde había nacido, aceptará la elección. Al acceder al solio pontificio, el ya dilatado concilio de Trento se encontraba paralizado, pero el recién elegido papa no hizo nada por reactivarlo, en su caso no por falta material de tiempo, como le ocurrió a su antecesor Marcelo II que sólo gobernó la Iglesia durante 22 días, sino porque su talante teocrático le hacía considerarse por encima de los emperadores, reyes, prelados y demás dignidades de este mundo. Él era el papa y nadie ni nada estaba sobre él, y como tal se bastaba y sobraba para reglamentar la función de la iglesia y la vida de los creyentes. En otras palabras: el papa Caraffa no necesitaba ningún concilio, la verdad y el dogma los dictaba él, y para evitar cualquier tentación desviacionista poseía además un eficaz instrumento: su reformada Inquisición o Santo Oficio. Pablo IV utilizó esta institución producto de su iniciativa con auténtica cólera. Asistido por otro vesánico, el dominico Antonio Ghislieri (luego Pío V), persiguió con furor no ya la herejía y el sacrilegio sino la simple discrepancia o la mera opinión con apariencia heterodoxa, aunque ésta proviniese de personas autorizadas y teológicamente íntegras. Así, el cardenal Giovanni Morone, a quien cabría el honor de oficiar la clausura del concilio tridentino años después, fue encarcelado en la prisión de Engelsburgo por estar en desacuerdo sobre el uso del terror con fines religiosos. A su muerte es recordado como el papa cuya crueldad y hostilidad hacia todo y hacia todos concitó al fin el odio del pueblo romano; los mismos ciudadanos de Roma que habían celebrado su nombramiento erigiendo en su honor una estatua en un lugar descollado de la ciudad, tras su borrascoso mandato la derribaron y mutilaron, y, no conformes con este acto de simbólico repudio, incendiaron el palacio de la Inquisición, saquearon el convento de los dominicos y pusieron en libertad a los reos inquisitoriales.













