Conviértete en espectador de tu realidad

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Todo el día la luna fuera de curso nos sumerge en un limbo colectivo, su contacto con el Nodo lunar nos permite traspasar las fronteras del “Yo” para convertirnos en espectadores de nuestra aparente realidad.

Dejar de luchar contra la corriente y resignarse son dos cosas muy diferentes, la primera tiene que ver con alinearte a tu propósito real en la vida y la otra con abandonar la vida y caer en una de las “pequeñas muertes”

Hay muchas pequeñas muertes, el dejar un sueño, el olvidar una promesa, el dejarte abatir por el miedo… todas convergen en la erosión de esa semilla divina creada por el universo con amor y que existe para amar.

En el Tao y el Zen hablan de una corriente universal de energía que fluye a través de todos los objetos y seres en la tierra, conectándonos en un solo propósito que a pesar de ser “innombrable e indefinible” estando mucho más allá de la comprensión humana.

Sabemos que a veces los caminos se tornan difíciles: viejos amigos parecen haberte abandonado, los sueños parecen solo caprichos y te comienzas a preguntar si lo que pensaste eran señales claras del universo resultaron ser no más que falsas esperanzas.

Pero si confiamos en las corrientes universales y fluimos con los eventos, entenderemos que el Tao y el Zen tienen algo en común con todas las religiones del planeta: La Fe en que de alguna forma, aunque parezca sorprendente, todo caiga en su lugar y descubramos que esos amigos siempre estarán ahí, que los sueños son parte del alma y que las señales del universo estaban perfectamente claras.

Hoy, entiende que tu visión se limita solo a lo inmediato y que las cosas tienen ramificaciones mucho más allá de tu compresión, aprovecha este entendimiento para fluir con las energías y aceptar las coyunturas difíciles como lo que realmente son: Un instante pasajero.

Cuenta una antigua leyenda noruega, acerca  de un hombre llamado Haakon, él cuidaba una Ermita. Allí iba la gente a orar con mucha devoción, en ella  había una cruz muy antigua. Muchos iban a pedirle a Cristo algún milagro.

Un día  Haakon quiso pedirle un favor. Se arrodilló ante la cruz y dijo: – Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto, quiero reemplazarte en la cruz.

El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto – Siervo mío, accedo a tu deseo y ha de ser con una condición-. – ¿Cuál, Señor?, – preguntó Haakon. -¿Es una  condición difícil? -¡Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, Señor!

-Escucha: suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de guardarte en silencio siempre.

– Haakon contestó: Os, lo prometo, Señor.

Y se efectuó el cambio. Nadie reconoció al ermitaño, colgado con los  clavos en la Cruz. El Señor ocupaba el puesto de Haakon. Y éste por largo  tiempo cumplió el compromiso. A nadie dijo nada.

Un día, llegó un hombre  rico, después de haber orado, dejó allí olvidada su  cartera. Haakon lo vio y calló. Tampoco dijo nada, cuando un hombre pobre que vino dos horas después se apropió de la cartera del rico. Ni tampoco  dijo nada cuando un muchacho se postró ante él, poco después para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje.  En ese momento volvió a  entrar el hombre rico en busca de la bolsa. Al no encontrarla, pensó que el  muchacho se la había apropiado.

El rico se volvió al joven y le dijo furioso: ¡Dame la bolsa que me has robado! El joven  sorprendido, replicó: ¡No he robado ninguna bolsa! ¡No mientas, devuélvemela enseguida! ¡Le repito que no he cogido ninguna  bolsa! afirmó el muchacho. El rico arremetió, furioso contra él.

Sonó entonces una voz fuerte: ¡Detente!  El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba. Haakon, no  pudo permanecer en silencio,  defendió al joven, regañó al rico por la falsa acusación. El hombre quedó anonadado y salió de la Ermita.

El joven salió también, tenía prisa para emprender su viaje.  Cuando la Ermita  quedó a solas, Cristo se dirigió a su siervo y le dijo: – Baja de la Cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar  silencio.

Señor, – dijo Haakon – ¿Cómo iba a permitir esa injusticia?

Se cambiaron los oficios. Jesús ocupó la Cruz de nuevo y el ermitaño se  quedó ante la Cruz.

El Señor, siguió hablando: – Al rico le convenía perder la bolsa,  en  ella llevaba el precio de la virginidad de una joven mujer.

El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero e hizo bien  en llevárselo; el muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal.  Ahora, hace unos minutos acaba de hundirse el barco y él ha perdido la  vida.

Tú no sabías nada. Yo sí. Por eso callo. Y el Señor nuevamente guardó silencio.

Observa cuántos acontecimientos de tu vida se asemejan a esta leyenda, eso  contribuirá, entre otras cosas, a nutrir tu Fe  en el Dios en el que crees.1